Y un día, tras miles de años, cuando la tierra aún no había terminado de detenerse, llegué a la playa en la que nos conocimos.
El mar se había retirado y el sol se ocultaba detrás de un imposible valle de arenas ondulantes, rojas por sus últimos rayos.
Tu sempiterna presencia en mí se desligó por un momento y te vi paseando cerca del arrecife que se desmoronaba, seco, sobre la arena.
Te giraste para mirame y tus labios se fruncieron en un atisbo de sonrisa, como un guiño a mi deseo.