Nieve en la cumbre,
fuego en el interior.
De nuevo volcán.
La noche no me acoge.
Te mueves por mis ojos
como una estrella guía.
Insomne voy tras de ti.
Al fondo de mi noche llegaron tus blancos hilos de algodón.
Liado en ellos perdí el frío.
Deslizándome por ellos salí de la oscuridad.
Envuelto por ellos te reencontré.
¿A nuestros pies cayeron deshechos como algodón de azúcar en la boca de un niño?
No todos.
Sigo bailando dulcemente a tu alrededor, sujeto por tus hilos de algodón.
El ruido me envuelve,
los vecinos se han quejado.
Llegan los municipales,
detienen a una momia.
Soy yo que estoy a más
de cuarenta decibelios.
Hay cosas, ideas, reflexiones, que a fuerza de darles vueltas acaban enquistándose y entonces se convierten en esa pequeña verruga con la que siempre tropezamos al afeitarnos o en esa uña que se incrusta y duele en los momentos menos oportunos. Para mí, una forma de extirpar o al menos reducir al máximo esos ‘quistes’, a veces se consigue y a veces no, es escribiéndolos, plasmándolos en el papel, convirtiéndolos en un ejercicio sobre el que se puede corregir, dar forma y de este modo, repitiendo la lectura y reescribiendo, hacerlos banales…
aunque no siempre lo consiga.