De noche, el calor del día,
libre de la roca,
hace cantar al grillo.
jueves, 19 de octubre de 2017
jueves, 7 de septiembre de 2017
lunes, 14 de agosto de 2017
Ruinas sobre el papel
¿Conseguirán ser lazos las ráfagas de trazos que anudando estructuras
se fundan en esta historia que soy y que si no lees solo es ruinas?
lunes, 10 de julio de 2017
martes, 20 de junio de 2017
¿Cómo somos y seremos?
Ruiz Zafón, en una de sus novelas, nos cuenta que Julián
Carax dijo: En el fondo nunca hemos sido
el de antes, sólo recordamos lo que
nunca sucedió.
Al comentario de Julián añado: Y por ese recuerdo somos así,
ahora, y sobre él construimos nuestro futuro.
viernes, 19 de mayo de 2017
Más feliz que una perdiz.
Aquella tarde salió escopetado
del trabajo. Estaba más nervioso que un flan delante de un hormiguero. Habían
quedado. Iba a recogerla, tomarían algo y la dejaría de vuelta en su casa.
Se podría pensar que eso no era
nada del otro mundo, pero para él era cerrar un paréntesis que había abierto
hacía muchos años y dentro de ese paréntesis había estado sin vida, sentía que
de nuevo vivía solo porque ella le esperaba.
Además quería ver su cara. Ver si
en ella atisbaba lo que pudiera haber desencadenado la carta que le dio hacía
un par de días. No sabía de donde pudo sacar la determinación para, por fin,
escrito en un papel, como tantas otras veces había hecho hace tiempo, confesar sus
sentimientos hacia ella; solo que esta vez había una diferencia muy importante,
se lo había escrito claro, sin dejar nada en el aire, sin envolverlo en poemas,
sin disfrazarlo en cuentos o en eso que él le escribía de vez en cuando.
La recogió, pasearon y volvieron
a su casa. Había sido una tarde deliciosa a su lado pero no había sido capaz de
ver en su cara nada que le dijera que pensaba sobre su carta. Quizá no la había
leído aún. Pensó que no, eso no era posible, seguro que la había leído. Se
pararon en el portal, ella sacó la llave, abrió y se volvió hacia él.
Él la miro y musitó una despedida
hasta el día siguiente. Ella se le quedó mirando…
- Pero bueno. Me dices lo que me has dicho en la
carta que me has dado y ya está ¿Sin más? ¿Así lo dejas?
Desde entonces él, es más feliz que una
perdiz.
martes, 25 de abril de 2017
martes, 4 de abril de 2017
Aquí nadie existe.
Aquí existe una soledad extrema.
Puesta en duda su cualidad por un hastío que mata cualquier
recuerdo, imagen, ocurrencia.
En este lugar el silencio ni se funde ni se derrite.
Ni el miedo existe aquí, identificable, se hace uno con el silencio.
miércoles, 29 de marzo de 2017
Cuatro giros a la derecha.
Siguió andando por la calle.
Acababa de detenerse bajo el luminoso de una cafetería, que imitaba a las
norteamericanas de los años cincuenta, para mirar la carta que tenían en la
puerta. Hamburguesas, batidos y otras cosas…
¿Qué es lo que tenía que hacer? ¿De
dónde venía? Se preguntó. No era capaz de recordarlo. Bueno volveré a casa y ya
me acordaré. Menos mal que me hablo en silencio, si no quien me viera pensaría
que estoy loco. Creo que es por esta calle a la derecha, me suena esa farola
con el árbol pegado al lado.
Menos mal que ha dejado de
llover, se dijo mientras avanzaba por la calle. Esta casa de tres plantas que
hace esquina, con ese relieve que imita a los de Art Decó de los años veinte,
también me suena. Menudos coches hay aparcados por estas calles, se ve que es
un barrio de dinero. Como brillan todos después de la lluvia que ha caído. Creo
que debo girar a la derecha.
Vio al fondo, a la derecha, una
valla cubierta de glicinias. Esa valla con flores seguro que es de un chalé. Al
llegar a la esquina y ver el chalé pensó que le resultaba familiar. Seguro que
voy bien encaminado hacia casa, giraré aquí a la derecha.
Ahí enfrente hay una calle más
ancha, habrá comercios y bares, también alguna parada de autobús, giraré a la
derecha para seguir el sentido de la circulación.
Mira tú, se dijo parándose bajo
el luminoso de una cafetería, esto es como de los años cincuenta en Estados
Unidos. Entraré a ver que carta tienen. Aunque no hace falta, está expuesta en
la puerta.
Se paró frente a la cafetería y
estuvo leyendo la carta un rato, luego siguió andando por la calle hacia la esquina.
domingo, 12 de marzo de 2017
Busco una palabra.
Entre palabras muertas y desfallecidas busco la que he
perdido, no la recuerdo, no soy capaz siquiera de entrepensarla, de entreverla.
Busco y, entre una que es ternura y otra que es siempre, veo la esquina de una
que es am, ¿am qué?, intento moverlas y se mezclan. No quiero perderla de
vista, se la ve sin fuerzas, a punto de rendirse al silencio, a la muerte, sigo
revolviendo, veo la otra esquina que es r. Casi la recuerdo, la tengo en la
punta de los dedos, en los extremos de las neuronas. Se me escapa, la pierdo,
la olvido. Hundo la mano rompiendo algunas, al fin y al cabo están muertas o
moribundas. La alcanzo, la levanto, la miro... amor. No entiendo, no sé qué es
eso, no sería lo que buscaba... ¿qué es lo que buscaba ahí, en ese cementerio
de palabras?
Voy donde están vivas, allí podré cogerlas palpitantes, actuales, llenando todo. Si, aquí están, radiantes. Como brilla esa, que viva se la ve. Soledad. Es fuerte y encabeza y guía a las demás que le son afines…
Voy donde están vivas, allí podré cogerlas palpitantes, actuales, llenando todo. Si, aquí están, radiantes. Como brilla esa, que viva se la ve. Soledad. Es fuerte y encabeza y guía a las demás que le son afines…
martes, 25 de octubre de 2016
Tú. Seda.
Deseo que mi deseo se deshaga
porque se funda, no funcionalmente,
identificándose en tu entidad,
reacia a la realidad
reacia a la realidad
de lo que significas a mis sentidos:
Suave seda,
cobertor de mis carencias,
profundidades, donde me pierdo
sin remisión si a ti no me remito.
miércoles, 14 de septiembre de 2016
Cumplir la palabra.
Se levantó despacio, estirándose con
cuidado, le dolían todos los huesos, no sabía cuántos podía tener por eso no
pensaba en un número, eran todos.
Los años no pasan en balde,
pensó. Despacio, dejando que poco a poco
los músculos y las articulaciones se fueran habituando al movimiento, fue
andando, encorvado, hacia la cocina. No tenía ganas de cenar pero sabía que
debía comer algo, quizá un yogur o un trozo de queso y algo de pan. No, pan no,
se había olvidado de bajar a comprarlo. Un yogur entonces.
Fue andando por el corto pasillo
con la vista fija en el suelo, hacía tiempo que no se fijaba en los cuadros que
estaban colgados en las paredes. Cuando llegó a la cocina, mientras encendía la
luz, pensó en ello. Con que ilusión habían colgado los cuadros cuando ella
decidió que esas acuarelas ya eran dignas de enmarcar y colgar. Siempre
había sido muy exigente con ella misma. Si hubiese sido por él, habrían
empezado mucho antes a colgar sus acuarelas.
Abrió la puerta del frigorífico y
miró el vació. Tres yogures, para tres cenas; la botella de agua, una lata de
cerveza sin alcohol y una cuña de queso manchego curado. Hoy no hay nada de
restos de la comida que traen los del Ayuntamiento, pensó. Cogió el queso y la
lata de cerveza, se iba a dar un homenaje en memoria de ella, bueno, de las
tardes y noches que, juntos, picaban sentados en el sofá mientras comentaban cómo
les había ido el día o lo que harían con lo que les tocase en la primitiva…
Ya no jugaba a ningún sorteo,
dejó de hacerlo el día en que ella, cuando fue a verla a la residencia que le habían
dado los de la Comunidad de Madrid, no le reconoció. Mantuvo la esperanza de
que en algún momento volviera a recordarle, que fuera algo pasajero o
intermitente el que no supiera quien era, pero no fue así. Ahora, cuando por
las tardes iba a verla, se sentaba a su lado enfrente del ventanal que daba a
la calle, le cogía la mano y pasaba una o dos horas con ella inventándose su
día a día, añadiendo sucesos ficticios a los reales que había escuchado por la
calle o visto por la tele para distraerla y distraerse del vacío de su mirada.
Ahí estaba su cara, esos labios que tantas veces, y tan pocas al mismo tiempo,
había besado bebiendo la vida de ellos y que ahora rozaba con mimo al llegar y
al marcharse. Ahí estaba ese cuerpo que mantenía vivo un corazón fuerte para un
cerebro que los médicos decían que ya no percibía ni entendía. Ahí su mirada
perdida. Ahí ella sin ser ella haciendo que él casi no fuese.
Cerró la puerta del frigorífico.
Cada vez le pasaba más eso de quedarse ensimismado, perdido en sus pensamientos
o en sus recuerdos dejando a medio hacer otras cosas. Salió de la cocina con la
cabeza levantada para ver las acuarelas. En algún momento tendré que limpiar
los cristales de los cuadros, se ven los colores apagados, pensó. Pasó delante
de ellos despacio, acariciándolos con las yemas de los dedos, recordando de
nuevo cuando los colgaron, cuando ella se los enseñó por primera vez mientras
le contaba como los había pintado…Tanta vida sólo en su memoria… Llegó al salón
y se sentó en el sofá. Se quedó mirando por la ventana sin ver los transeúntes
ni los coches que pasaban por la calle. Veía una tarde de verano en la que ni
el calor ni el ruido de la calle habían impedido que le hiciera el amor. Eso sí,
sin prisas para no sudar demasiado… El sonido de las campanadas del reloj le
sacó del ensimismamiento en el que, de nuevo, se había perdido, como otras
veces… como muchas veces le pasaba últimamente… Quizá la vida al final no fuera
más que eso, vivir y grabar para vivir y recordar…
Le sobresaltó el timbre del
teléfono, ¿quién podría ser a esas horas? Solo podía ser de la residencia…
Ella estaba mal. Le habían dicho
que entendían que él, con su edad y la hora que era, no se desplazase hasta
allí, pero que como siempre insistía en que le llamasen si pasaba algo… por eso
habían llamado. Les dijo que llamaría un taxi e iría para allá, que lo supieran
en recepción para abrirle la puerta.
Cuando llegó a la residencia le
estaban esperando. Le acompañaron a la habitación que tenían al lado de la
enfermería. Ella estaba en una cama con una vía en su brazo derecho, la
mascarilla de oxígeno y otras máquinas a su alrededor.
Se sentó en la cama a su lado, le
quitó la mascarilla, le dio un beso en los labios, más allá del mimo, y empezó
a hablar recordándole el día que se habían conocido en la playa.
El enfermero apagó los equipos
médicos que tenía conectados y dejó de respirar regalándole su última sonrisa.
Diez minutos después dejó de
hablar con ella, volvió a besar sus labios, se levantó, le dijo hasta luego y
salió de la habitación. Firmó todo lo que le pusieron delante sin enterarse de
nada de lo que le decían. Le avisaron que el taxi que le habían pedido estaba
en la puerta, salió, subió al taxi y se fue a casa.
Se sorprendió, perdido como
estaba, charlando en silencio con ella, cuando el taxista le dijo que habían
llegado. Pagó y le dio una buena propina. El taxista se interesó por si
encontraba mal o bien o necesitaba algo, le dijo que no y le dio las gracias
mientras salía del taxi.
Subió a casa, entró, se sentó y,
de forma mecánica, comió algo de queso y bebió la cerveza que había dejado en
la mesa.
Se apoyó en el respaldo del sofá.
Había cumplido con la palabra que
le había dado, y con lo que su corazón sentía, estar a su lado hasta el último
momento. No era necesario seguir moviendo sus huesos cansados. Al final se
quedan en el frigorífico los tres yogures, pensó.
Cerró los ojos
viernes, 22 de julio de 2016
Añoranzas en este verano duro y seco.
Echo de menos el terciopelo de tu voz, el
frescor de tu lengua, la suavidad de tu escondida geografía, tus secretas
humedades…
martes, 21 de junio de 2016
lunes, 9 de mayo de 2016
Realidad e irrealidad real.
Somos lo que somos en esta
realidad cotidiana que nos construyen y somos lo que queremos, al menos en
parte, en la irrealidad cotidiana que
construimos con nuestros pensamientos; somos más lo que queremos cuando la
irrealidad que construimos es con palabras y estas llegan a
quienes queremos hacer partícipes de esa irrealidad, que queremos real para
nosotros.
lunes, 25 de abril de 2016
Constantes.
Alimañas que han olido carne fácil.
Dan vueltas a mí alrededor.
Buscan mis debilidades.
Constantes.
Me fuerzo a ignorarlos.
Les fuerzo a la inexistencia.
Acicate que les fuerza a buscarme.
miércoles, 9 de marzo de 2016
Cuidado con los reflejos. Pueden procurar conocimiento.
En el reflejo de este perro, devuelto por un escaparate de
la calle Fuencarral, un movimiento apenas percibido ha delatado la existencia
del lobo que fui.
Dudando de lo que he visto me paro, frente a otro
escaparate, a mirarme en detalle.
Inmóvil, frente al cristal, sorteado por los perros y ovejas
que pasan, me busco en el reflejo.
No veo el camuflaje, en su momento por mi construido, para
que los pastores me aceptasen. ¡Soy un perro!
jueves, 18 de febrero de 2016
jueves, 11 de febrero de 2016
Tomo de Gabriel García Márquez una frase suya y te digo:
Eres el sol que deshace el bloque de hielo, que es mi
corazón, donde escribo los odios que profeso.
Si no estás junto a mí, esos odios se hacen eternos en el
frío hielo, se enquistan y perviven, a mi pesar, haciéndome cada vez peor
persona.
jueves, 4 de febrero de 2016
Suscribirse a:
Entradas (Atom)